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📝 Artículo del Blog
📅 24 de agosto de 2025✍️ Iglesia Camino de Paz

El poder transformador del perdón: de la herida a la libertad

Introducción: cuando la aflicción no tiene nombre

Todos cargamos historias. Algunas se pueden contar; otras, apenas se intuyen en reacciones que nos sorprenden: la voz que se eleva sin querer, la dureza que llega a casa después de un día largo, el desánimo que no sabemos explicar. La Biblia no ignora ese dolor; lo enfrenta con una propuesta radical: el perdón. No como un gesto superficial, sino como una obra profunda del Espíritu que reordena el corazón, sana la memoria y abre camino al Reino de los cielos.

Jesús habló del perdón con autoridad y realismo. En Mateo 18 nos entrega una ruta concreta para tratar las ofensas, y remata con una parábola tan directa que desarma nuestras excusas. En estas líneas caminaremos por esa ruta, veremos ejemplos bíblicos y aterrizaremos en pasos prácticos. Porque perdonar no siempre significa volver a lo de antes, pero siempre abre posibilidades de restauración y nos libera para vivir en Cristo.

Cuando el corazón carga lo que Dios no puso

Hay heridas que no fueron voluntad de Dios: traición, abuso, violencia, abandono. El pecado abrió puertas que deformaron el carácter humano. Esas marcas no desaparecen por negarlas; se manifiestan en patrones aprendidos: defensas altas, palabras filosas, controles emocionales frágiles. Jesús no nos condena por estar heridos, pero sí nos invita a reconocer y entregar esas zonas a su gracia para que no sigan gobernando nuestras reacciones.

Parte del discipulado es desaprender culturas de violencia disfrazadas de normalidad: “no te dejes”, “paga con la misma moneda”. La familia, la calle y hasta ambientes religiosos pueden reforzar durezas. El Evangelio propone otra formación del carácter: mansedumbre con límites sanos, firmeza sin venganza, verdad dicha en amor. Cuando el corazón se deja trabajar por la Palabra, lo que antes detonaba explosiones comienza a desactivar cadenas.

La ruta de Jesús para sanar conflictos (Mateo 18:15–20)

Jesús no romantiza las relaciones; nos da pasos: (1) Ve y repréndele a solas. Dignidad para el ofensor y para ti: habla claro, sin humillar, buscando ganar al hermano, no ganar la discusión. (2) Si no oye, suma a uno o dos testigos; no para hacer bando, sino para confirmar la verdad y proteger el proceso. (3) Si persiste, dilo a la iglesia; la comunidad acompaña, corrige y cuida. (4) Si aún se cierra, trátalo como gentil y publicano: se establecen límites, sin odio, dejando abierta la puerta de gracia.

Esta ruta desenmascara dos extremos tóxicos: el silencio que fermenta rencor y la confrontación que destruye. Entre ambos, Jesús nos enseña a hablar oportunamente, a honrar la verdad y a poner límites que resguarden el corazón. Perdonar no es permitir abusos continuos; es elegir la libertad del alma mientras se establecen fronteras que impiden la repetición del daño.

70×7: perdonar de corazón en un mundo que hiere (Mateo 18:21–35)

Pedro preguntó por el mínimo: “¿Hasta siete?”. Jesús respondió con el máximo: “hasta setenta veces siete”. Luego contó la parábola del siervo que fue perdonado de una deuda impagable, pero negó misericordia por una deuda pequeña. El Rey lo llamó “siervo malvado” y lo entregó a los verdugos “hasta que pagase todo”. Jesús concluye: “Así hará mi Padre… si no perdonáis de corazón” (v.35). El problema no es la memoria del hecho, sino la postura interna que decide retener o soltar.

Perdonar de corazón es un acto espiritual, no solo emocional. A veces la emoción tardará; la decisión va primero. Esa decisión se prueba en gestos concretos: dejar de cobrar con palabras, soltar deseos de venganza, orar por el bien del otro. Cuando elegimos ese camino, el Espíritu da fuerzas nuevas para sostenerlo y transforma nuestra manera de mirar a las personas y a nosotros mismos.

Atar y desatar: lo que sueltas abajo se abre arriba (Mateo 18:18)

Leído en contexto, “atar y desatar” no es un amuleto verbal sino una llave de coherencia: si atas rencor aquí, atas los cielos sobre tu vida; si sueltas misericordia aquí, abres misericordia desde arriba. Lo que sembramos en nuestras palabras y decisiones, cosechamos en el clima espiritual de nuestra casa, trabajo e iglesia. Sembrar perdón desata ambientes de paz; sembrar orgullo atrae resistencias y sequedad.

Esta dinámica no niega la justicia; la reordena. Entregamos el juicio a Dios y, cuando corresponde, acudimos a procesos sanos (pastorales, comunitarios o legales) sin contaminar el corazón. El perdón no cancela la verdad; la ilumina. Perdonar no es olvidar la ofensa, sino recordar sin veneno, porque Cristo ocupa el centro.

Historias que iluminan el camino

José pudo cobrar décadas de dolor, pero reconoció la mano de Dios: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Gn 50:20). David tuvo a Saúl en sus manos y eligió temer a Dios antes que a la conveniencia (1 S 24). Jesús, clavado en la cruz, oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23:34). Estos relatos no romantizan el mal; revelan que el perdón corta la cadena de la violencia y nos preserva del endurecimiento.

También hoy, el Espíritu guía a hijos e hijas que deciden perdonar ofensas atroces o cotidianos roces del hogar. No es debilidad; es poder de Dios actuando en vasos quebrados. La evidencia no es un discurso heroico, sino una vida que dejó de reaccionar con odio y empezó a responder con el carácter de Cristo, paso a paso.

Perdonar no siempre restaura, pero siempre libera

A veces, tras el perdón, la relación no vuelve a ser igual. Puede que no sea prudente, posible o seguro. Aun así, el perdón libera al que perdona, reduce el margen del mal y honra a Dios. Otras veces, el perdón abre un proceso sorprendente de reconstrucción: conversaciones honestas, límites claros, hábitos nuevos, confianza que vuelve a nacer.

En ambos escenarios, la obra es la misma: Cristo reinando en el corazón. Efesios 4:32 nos entrega el fundamento: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. Ese “como” es la medida y la fuente. Por eso oramos: “Señor, enséñanos a amar como Tú”.

Cómo empezar hoy: pasos prácticos hacia la libertad

1) Nómbralo en oración. Pídele al Espíritu que te muestre heridas activas y detonantes. Escribe lo que recuerdas y, si emergen memorias olvidadas, entrégalas con honestidad. La verdad a solas con Dios es el terreno donde germina la sanidad.

2) Recorre la ruta de Mateo 18. Si es seguro, busca al hermano a solas; habla con claridad y mansedumbre. Si no hay escucha, suma testigos maduros; si persiste, pide acompañamiento pastoral. Establece límites cuando haga falta; perdonar no significa exponerte a nuevos daños.

3) Decide 70×7 y sostén la decisión. Ora bendición por esa persona cuando resurja el recuerdo. Vete entrenando en gestos que desactiven el cobro: habla bien, evita recontar la ofensa para ganar aliados, renuncia a la venganza. Si la emoción no acompaña, persevera; el corazón aprende a la luz de la obediencia.

4) Busca ayuda. Sanidad interior, consejería pastoral, grupos de apoyo y, si corresponde, atención profesional. Dios usa la comunidad para completar lo que empezó. La fortaleza no es aguantar solo, sino caminar acompañado.

5) Cuida tu casa. Revisa el lenguaje, el tono, los hábitos emocionales. Cambia gritos por conversaciones, amenazas por acuerdos, silencio por verdad en amor. Siembra lo que quieres cosechar.

Conclusión: suelta la deuda y abre el cielo

El perdón no es mirar hacia otro lado; es mirar a la cruz y elegir la libertad que Cristo compró. Hoy, su gracia te invita a cambiar de postura: de cobrador a perdonado que perdona. Suelta la deuda, confía la justicia a Dios y camina el proceso con la iglesia. “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo” (Mt 18:20). Él está en medio, listo para desatar paz.

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Escrito por Iglesia Camino de Paz

Publicado el 24 de agosto de 2025

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